lunes 4 de julio de 2011

La zona demarcada


Los humanos dependemos de la zona demarcada. Nada más imaginen que, por ejemplo, las zonas claves de nuestro cuerpo cambiaran de lugar a su antojo. Sería toda una odisea comer si la boca se desplazara por donde ella quisiera y tuviéramos que invertir tiempo en encontrarla para introducir cada bocado; ni siquiera me atrevo a imaginar qué sucedería si el ano hiciera lo mismo, o todo lo que implicaría hacer el amor si la vagina estuviera un día en la espalda y el pene en el lugar de la oreja… y al día siguiente quién sabe dónde.

Cuando el Metro se hizo indispensable para la mayoría de los caraqueños, no había zona demarcada intencionalmente por los planificadores del sistema, pero sí por los usuarios quienes buscaban en el piso del andén la parte más desgastada y con esas señas podían deducir que justo en ese lugar se abrirían las puertas del vagón. Luego se formalizaron las marcas en el piso y a partir de allí ha habido dos formas de intentar organizar a los usuarios: primero con unas franjas que dibujaban una pirámide que se iba abriendo desde los laterales de las puertas, y luego con el laberinto, muy adecuado para la cantidad de usuarios.

Puedo decir a favor del Metro que esto ha sido parte de la solución al caos de las horas críticas, por lo menos ha logrado que los usuarios –obviemos a los que aún tienen en sus mentes la práctica del coleo- respeten los turnos y valoren la importancia del orden en un sitio tan concurrido. Pero mientras éstos intentan organizarse, los conductores del tren no tienen ni la menor idea de para qué sirven esas marcas amarillas, pues se detienen donde mejor les parece, más atrás o más adelante, y el caos revive con más furia… como me imagino debe sentirse si ante unas inmensas ganas de defecar uno no supiera dónde está el ano en ese momento.

Declaro este post como un llamado de SOS a los conductores del Metro, de lo contrario, más de una boca ocupará el lugar de la nariz, pues ya he visto cómo la ira se apodera de quienes hacen su cola y luego la pierden porque el tren se detuvo fuera de la zona demarcada.

domingo 5 de junio de 2011

La Calle del Empeño

De tránsito por Maracaibo, en la búsqueda de un patacón nocturno me encontré con una calle mágica. Las muchas luces de neón, como en una calle cualquiera de Las Vegas, resaltaban un servicio de 24 horas. ¿Casas de empeño abiertas como las farmacias de turno?, pues sí, exactamente eso, la posibilidad de ir, por ejemplo, a las 3:00 am y dejar una prenda como garantía de un préstamo. Confieso que de los servicios que pensé podrían ofrecerse toda la noche, éste me sorprendió.


Mientras comía, observaba cómo muchas personas entraban a las casas de empeño con las expresiones típicas de quien tiene un apuro y ha encontrado una forma de resolverlo, aunque a la salida la angustia fuese más obvia. Así fue durante más o menos una hora, luego todo se hizo normal y hasta justificado para mí, dada la difícil situación económica de nuestro país. Pero hubo un hecho que me atrevo a decir, me cambió la vida.


Una pareja, él de más o menos 50 y ella de unos 10 años menos, se acercó a la puerta del negocio más próximo. Dudaron antes de empujar la puerta, incluso alcancé a escuchar cuando él le dijo que no sería por mucho tiempo. Esa frase, por supuesto, me puso en alerta, era lo más atípico de la noche. Ella se quitó el anillo y él lo guardó en el bolsillo de su camisa, luego la besó en la frente, con ese gesto que evita los labios, y le acarició una mejilla. Entraron al lugar y vi a través de la tela de araña de vidrio, reja y neón cómo el hombre que la recibía le extendía la mano que ella dudó en agarrar. Él salió, lo seguí con la mirada. Caminó hasta la esquina, hizo una llamada desde su teléfono móvil. Caminó hasta la mitad de la cuadra, caminó de un lado a otro, impaciente. 5 minutos después llegó un carro negro, no sé la marca, estaba concentrada en el hombre.


Él se montó del lado del copiloto y ella, la conductora, le puso sus dos manos en el rostro, lo besó en la boca y le lamió el cuello. La luz estaba encendida. Inmediatamente él recostó por completo el asiento y ella aceleró, se pasó la luz roja y el conductor del carro que tenía su derecho a pasar le mentó la madre, tan fuerte, que todos quienes escuchamos no tuvimos más opción que recordar a las madres nuestras. Me quedé pensando en lo que acababa de ver, en la mujer dentro de la casa de empeño y sentí curiosidad por su destino. Me levanté de la silla de plástico, caminé hasta allá y dos pasos antes de pegar mi cara al vidrio, las luces se apagaron. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, el hombre que la había recibido le lamía el cuello, la besaba en la boca y ella se dejaba caer completamente en el mostrador. No quise ver más, caminé hasta la esquina y cuando volteé, adentro había una tenue luz roja.


No quise regresar de inmediato al hotel. Volví a la silla de plástico, me tomé dos cervezas y vi a otra pareja que caminaba en dirección hacia una de las casas de empeño. Se detuvieron en la puerta, ella lo besó en la frente y entraron. Decidí irme al hotel con la promesa de que nunca, pero nunca, recibiría un beso en la frente… por lo menos no en la entrada de una casa de empeño.

sábado 16 de abril de 2011

Estación Cupido

Adoro descifrar el código de los amantes, el de las miradas, la forma de tocar, las palabras secretas, los impulsos públicos. Cuando veo una pareja juego a adivinar si son amantes o no, observo la interacción y luego, cuando descubro parte de su código secreto, siento enorme satisfacción de saber que siempre hay quienes apuestan por un poco de complicidad.


Algunos espacios físicos también son sensibles a la emoción de amar, aunque no siempre tan dispuestos para el disimulo. Sé de lugares que están embrujados de feromonas, telas de arañas perfectas para los que no resisten la cercanía del cuerpo del otro aunque estén rodeados de miles de personas. Las escaleras del Metro, por ejemplo, tienen registros de espectaculares agarrones de nalgas, de abrazos de lenguas, de manos escurridizas y nerviosas que se deslizan del ombligo a un pecho como un reptil hambriento, capaz de desmembrar a quien interrumpa el osado contacto.


Pero para los mortales que transitan sin la locura de Cupido, tanto las escaleras mecánicas como las demás áreas de circulación y permanencia en el Metro cumplen otras funciones que nada tienen que ver con el oficio amatorio. Por eso creo que se deben sincerar algunas normas y usos de los espacios en nuestro Metro, voto porque en la señalización de las zonas preferenciales se incluya el icono del corazón; que incorporen asientos rojos destinados a los besos y amapuches intensos; que cuando digan por los altavoces que quienes no deseen caminar se coloquen hacia la derecha, incluyan también a quienes tengan la necesidad de abrazarse, besarse, tocarse; y por qué no, que agreguen un vagón X, acolchado, aromatizado y con música para necesidades más urgentes. No soy detractora del amor, al contrario, aplaudo que siempre existan motivos para cumplir los mandatos de Venus… pero con la asistencia de la prudencia, por lo menos en los espacios públicos.


Me pregunto si unas escaleras mecánicas hubiesen cambiado la suerte de Julieta…

viernes 25 de febrero de 2011

La Mamá de Tarzán


Yo admiro profundamente a La Mamá de Tarzán, lo corroboré exactamente hace un año cuando mi amigo Ricardo Bada me envió la caricatura que acompaña esta entrada. A él se la dedico.

Como decía, admiro a La Mamá de Tarzán. En Venezuela ella es, junto con El Carajo y Mandrake, uno de nuestros personajes mitológicos favoritos. No hay cosa humana o divina que ella no pueda hacer. Es prácticamente una heroína, una mártir, es la todera de las excusas, la paga peos. Es una diosa, omnipotente, omnipresente, bruja, mecánico, administradora. No tiene nombre pero tiene mil rostros. Es millonaria y dueña de las deudas que nadie quiere pagar.

La Mamá de Tarzán nunca ha necesitado presentación, ella llegó quién sabe cuándo y se hizo parte de esta mágica y maravillosa realidad latinoamericana para no irse nunca más, para nunca hacerse vieja, para jamás pasar de moda. Ella es una mujer emancipada, tiene la autoestima más alta del mundo; es del tamaño del compromiso que se le presenta, por ejemplo, cuando a alguien le piden que haga algo que nadie más haría, la única respuesta posible es: "eso lo hará La Mamá de Tarzán”. La verdad es que a mí me gustaría saber de dónde obtuvo su poder esta magnífica mujer porque yo estaría dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de tener la mitad de sus virtudes.

La Mamá de Tarzán también viaja en el Metro, pero a pesar de todos sus superpoderes no ha podido con las fallas del sistema y de sus usuarios, me imagino que es porque ella comprendió que eso no lo arregla ni el mismo Mandrake y que la solución a tanta locura está más allá de lo humano y lo divino, por lo que habrá que intentarlo con invocar al Carajo que tenga verdaderamente el poder de hacerlo.

Yo creo que en este país deberíamos tomarnos en serio proponer la celebración del día nacional de La Mamá de Tarzán, componerle un himno y darle un curul en la Asamblea, pues sin tantas promesas y con menos recursos es más confiable que todos nuestros políticos y gerentes de los sistemas públicos juntos.

martes 22 de febrero de 2011

La Orden de la uña afilada

Siempre he querido saber la razón por la cual algunos caballeros se dejan crecer la uña del meñique. Confieso que me parece asqueroso y al mismo tiempo misterioso porque cada vez que pregunto nunca obtengo una respuesta satisfactoria, sólo evasivas disfrazadas de chistes escatológicos que no repetiré, me niego a ello.


A veces creo que ese hábito obedece a querer seguir algún patrón machista relacionado con la potencia sexual. En otras ocasiones he llegado a creer también que tiene que ver con algún deseo oculto de exteriorizar el lado femenino; una suerte de actitud rebelde contra la sociedad, no sé, se lo dejo a los psicólogos. Pero lo que sí sé es que de alguna forma este grupo de caballeros podría ser útil a la sociedad, por ejemplo, si se les capacita como guardianes de las puertas de los vagones del Metro. Sería económico, ecológico y original. En este caso el Estado sólo tendría que invertir en limas y esmalte endurecedor de uñas, unas cuantas horas de instrucción y listo, tendríamos un ejército que se encargaría de clavarle la uñita a los que aún no han entendido que no deben atravesarse en las puertas de los vagones.


Mientras sigo en la búsqueda de la foto perfecta, les dejo a Freddy Krueger, quien me produce menos repulsión que un hombre con la uña del meñique larga. La imagen la tomé de http://www.dentrocine.com/2009/04/27/freddy-krueger-ya-tiene-nuevo-rostro/

jueves 21 de octubre de 2010

Madame Tenedor


U
na señal de envejecimiento es la pérdida de la capacidad de asombro, por eso me gusta viajar en el Metro, porque veo tantas cosas extraordinarias que me siento como una niña de 7 años, el Metro es mi fuente de la juventud.



Mientras hago mi trayecto cotidiano escucho música, me imagino cosas y observo otras. De vez en cuando, si alguna conversación está interesante o hay algún evento que amerite más atención que la visual, me quito los audífonos y concentro mis sentidos en eso, especialmente si la mayoría reacciona y pide el linchamiento de algún usuario, que fue lo que le ocurrió a la loca del tenedor.



La protagonista de este relato tiene alrededor de 40 años, es lo que aquí llamaríamos una persona normal: cara común, ropa común, cuerpo común, tan común y tan normal que cansada de tantos atropellos decidió valerse de un objeto común para solucionar algo que ya se considera normal entre los usuarios del Metro: la falta de respeto, de consideración y de tolerancia.



Para poder ingresar al vagón, Madame Tenedor, nombre con el que he decidido bautizar a mi nueva heroína, decidió una mañana a las 7:45 abrirse paso con pinchazos a diestra y siniestra entre los usuarios mal vivientes que se quedan atravesados en las puertas. Ataviada con una corona de tenedores de plata y otro muy pequeñito y filoso en la mano, ella materializó lo que muchas veces he pensado debería ocurrir, que alguien tomara acciones contra los abusadores de oficio que no respetan las normas de sana convivencia en los espacios públicos.



Algunos problemas no ameritan soluciones homeopáticas, no justifico que la violencia se combata con más violencia, pero sí aplaudo la determinación de mi heroína por hacer algo cuando el sentido común de los usuarios no funciona y el sistema no actúa a pesar de tantas quejas, señales, comentarios, peleas, gritos y otras formas de agresión. Si a este mal no se le encuentra una cura rápidamente, vendrán Mr. Pistolón, el Sr. Navaja y el mismísimo Jack el Destripador a vengarse de un sistema indiferente, que va estimulando la formación de sociópatas en vez de la de ciudadanos.


Yo, mientras no vea que esto cambia, le rendiré culto a Madame Tenedor, eso sí, estaré un poco más paranoica de lo normal y bien lejos de la entrada de los vagones, no vaya a ser que en medio de uno de sus trabajos como justiciera la señora se confunda y me puye un ojo.



Como no pude fotografiar a Madame Tenedor, cosa que es usual en los superhéroes, mi querida comadre, a quien le dedico con mucho amor este post, se prestó como modelo.

domingo 10 de octubre de 2010

Pole dance en el Metro


Si de técnicas de seducción se trata, el baile es una de las más antiguas y multisensoriales que el ser humano ha podido experimentar. El baile no sólo es tacto, es olor que va y viene con cada movimiento, implica mirar y respirar de determinada forma, interactuar con el disfrute y la intención.


Los venezolanos aprendemos a bailar desde que estamos en el vientre, pues dentro de los rituales del embarazo está el de bailar la barriga para que el muchacho salga alegre y el parto sea feliz. Venezolano que se respete baila hasta los comerciales de televisión, los repiques de los celulares y la música de la fiesta del vecino, lo cual quiere decir que no hay dudas de que en este país a nadie le quitan lo baila’o.


Desde hace algún tiempo está de moda danzar en el tubo, pero lo que el resto del mundo no sabe es que el pole dance, como se conoce este arte, tiene una variante caribeña que se ha ido perfeccionando desde que en Venezuela rodó el primer autobús.


Todo comenzó cuando Cheo, compadre del portu a quien se le ocurrió crear la primera línea de autobuses, quedó desempleado. Como parte de la camaradería que nos caracteriza, el portu le consiguió una licencia de 5ta a su compadre, quien por cierto no sabía manejar, y le dio trabajo. Cheo, muy emocionado, recogía todos los pasajeros que a la fuerza entraban en el autobús y éstos, entre maromas y chistes hallaron en los tubos pegados al techo, en los bordes de los asientos y en la entrada del vehículo miles de formas de agarrarse y de sobrevivir a los frenazos suicidas del loco conductor. De allí surgió el código de ética de los conductores de autobuses y la particular versión criolla de uno de los bailes más eróticos del momento.


La inauguración del Metro de Caracas, el 2 de enero de 1983, no interfirió con la práctica de este baile, al contrario, el error de cálculo sobre el crecimiento de la población caraqueña con respecto a la capacidad de pasajeros que en condiciones humanas deben caber en andenes y vagones obligó a los usuarios a encontrar nuevas maneras de contorsionarse en los tubos: con la yema del dedo, con un dedo simulando un gancho; con dos mientras alguien le recuesta la barriga en la espalda; con la barbilla pegada al pecho para no oler la axila del prójimo; con la mejilla en el tubo, una mano en la cartera y en la otra el celular, entre otras.


Lo maravilloso del pole dance al estilo Metro de Caracas es que su práctica no discrimina ni por edad, sexo o condiciones físicas, tampoco exige usar ropa sexy y lo mejor de todo es que cada sesión es muy económica, pues viene incluida en la compra del ticket para ingresar al sistema.


Después de todo ese entrenamiento es difícil no entender por qué los venezolanos somos además de excelentes bailarines, los más sexys del planeta.


Por cierto, recientemente el Metro de Caracas condecoró a Cheo por sus 20 años de servicio como instructor estrella de manejo de trenes. Su legado se deja sentir tras cada mentada de madre después de esos frenazos a los que aún no nos acostumbramos.