Vacilé entre salir corriendo y preguntarle al árbol qué le pasaba, ya que no había nadie mirándome, y como soy más curiosa que miedosa, me atreví a hablarle. La voz ronca y suave del árbol me dijo entre sollozos que había perdido al amor de su vida y que sin ella él no podía seguir viviendo, que no aguantaba tanto dolor. Le dije: -“Coño árbol, déjate de vainas, algo habrás hecho para que te dejaran, porque con la cantidad de mujeres que hay en este país para cada hombre y árbol, algo muy feo tuviste que haber hecho”. El árbol me dijo que él sólo tuvo un momento de debilidad que no se perdonaría jamás. “¡Ajá!” – le dije- “¡yo tenía razón, árbol infiel!, ¡eres cómo todos, chico!, y ahora andas ahí con esa lloradera, ¡bien hecho que te pasó!, pero ahora termina de contarme ya que estoy como la propia loca hablando con un árbol, y rápido que ya casi cierran la estación, dime por lo menos qué hiciste”. Cuando el árbol dio el primer suspiro para iniciar el relato, vi dos hombres con actitud sospechosa que caminaban en dirección hacia donde yo estaba, hecho que me asustó mucho más que un árbol hablándome, por lo que sólo tuve tiempo, celular en m
ano, de tomarle una foto, decirle que volvería luego por la historia y salir corriendo hasta la estación.Al día siguiente, tan temprano como pude fui a visitar al árbol. Le di una palmada en la corteza y lo saludé con voz de cómplice, pero lo único que conseguí, aparte del raspón en la palma de la mano, fue una carcajada burlona de la señora que vende mango verde con sal en la esquina. Ahora sólo me queda inventarme el final de la historia con lo que me dejó la foto, que no sé si es del árbol o de algún humano que aún no sabe reconocer un bote de basura.






