¡Cuida’o con el mocho! ¡Cuida’o y me despeinan!, son las frases de presentación de uno de los tantos personajes que transitan por el Metro de Caracas desde hace ya bastante tiempo. “El mocho”, como él mismo se denomina, es un hombre de aproximadamente cuarenta y tantos años a quien le falta ambas piernas y cuyo medio de subsistencia consiste en pedir dinero, oficio, de paso sea dicho, muy difundido actualmente y con unos despliegues de creatividad que jamás pensé ver y escuchar.
La rutina del mocho hasta hoy siempre fue la misma: entrar al vagón, transitar muy rápido por los estrechos pasillos mientras grita su pregón envuelto en miseria y mueve constantemente una botella plástica que alguna vez tuvo refresco (de esas de 600 ml) y que ahora, con el pico cortado casi a dentelladas, contiene unas cuantas monedas que él hace sonar una y otra vez. Sin embargo algo hizo que el mocho, tal vez por culpa de Mercurio retrógrado, caminara más lento que de costumbre y se detuviera debajo de unas inmensas nalgas empaquetadas en un pantalón blanco e hilo dental. Sin reserva alguna, con un descaro e ingenuidad que hacía tiempo no observaba, él las contempló desde su perspectiva privilegiada, si se piensa en el hecho, y les dedicó un intento de poema tan goloso como soez. Vi sus manos a punto de aferrarse a esas montañas flotantes, pero él prefirió hacer sonar nuevamente la botella para disimular el ruido de su corazón que podía escucharse por encima de su voz.
La emoción de hoy le valió más billetes que monedas por parte del público masculino… y la expresión de un cómplice anónimo que no se aguantó la frase de ¡quién fuera mocho!
En la foto, otro de los carteles curiosos del zapatero que trabaja cerca de la casa de mi papá.
Venezuela es tierra de frutas exóticas, de metáforas de frutas, de eufemismos frutales. Estas calles son de los fruteros, de los de profesión, de los de oficio, de los poetas, de los piropeadores, de los árboles de mango en cualquier avenida.
Llegó abril y con él los camiones cargados de frutas que se venden, a punta de megáfono y robo de sueño tempranero, en las avenidas de las zonas populares. Abril y sus frutas reviven el imaginario eufemístico de estas mentes golosas y obsesivas por un par de cocos o de melones debajo de cualquier blusa; por las patillas al final de la espalda, por cualquier boca de guayaba dulce.
Cuando los árboles de las avenidas cobran venganza y nos devuelven el maltrato del smog en forma de millones de mangos que se descomponen en las aceras, algo mágico ocurre en la ciudad. Caracas se perfuma y se adorna de gemas amarillas y los caraqueños se contaminan de una sensualidad frutal que muchas veces llega a las fronteras de la escatología. De pronto las mujeres son mangos también y los hombres insisten en querer llegar hasta la semilla, aunque sea con palabras callejeras.
En abril todo huele a frutas…
En la imagen, los fruteros que están a la salida del Metro, muy cerca de mi casa.
De nuevo nos acompaña Oscar D’León, esta vez con el frutero, ¡disfrútenlo!
No sé qué tiene la mirada de los perros callejeros que me conmueve tanto, no tienen ojos de animal ni de persona, es una mirada que habla en su lengua perruna y que se entiende tan fácil, con sentimiento. Las calles de Caracas están habitadas por miles de perros, y digo habitadas, tal cual, porque no son transeúntes, ellos hacen vida allí.
Tengo unos cuantos perros amigos cerca de mi casa, los veo a diario, los saludo y ellos a cambio menean su cola y a veces me acompañan hasta la estación del Metro. Algunos tienen nombre, como Diva, que siempre entrena mientras le monta cacería a los pajaritos negros que viven cerca del árbol que está frente al carrito de perros calientes. Ella sueña con ser top model, a pesar de su maternidad temprana y del abandono de su marido, que es un perro; o Los Novios, dos mestizos que juegan por las mañanas, que se besan y se dicen secretitos entre dentada y dentada y que despiertan la envidia de más de uno que no tiene con quien jugar.
Cerca de la casa de mi papá hay un zapatero que tiene un puesto pequeñito en la calle, él es el mejor cuidador de perros callejeros que he visto en mi vida. Su perro, callejero, tiene una rutina nada despreciable. Cada tarde, después de la 1 y hasta casi las 3 duerme en el medio de la acera, y para que nadie perturbe la siesta, el zapatero coloca un cartel de advertencia, pero no de perro bravo, sino de “perro dormido”.
Sobre los venezolanos se dicen tantas cosas… entre muchas de ellas: que si somos querendones, que si de todo sacamos un chiste, que somos tan dulces … y es verdad, ademásde ser particulares incluso entre los latinoamericanos. Todo eso tiene una razón, nos han hecho ser así y eso es indiscutible. En Venezuela, los procesos que deberían ser normales, o que por lo menos son comunes en otras partes del mundo, se resuelven con métodos muy sui generis y muchas veces por el camino más difícil, razón por la cual, al estar tan acostumbrados a transitar por el camino tortuoso y en el intento de no morir de estrés, de todo hacemos un comentario jocoso, siempre con el argumento de que hay que reírse dela desgracia si no se puede hacer nada en contra de ella.
Somos muy dulces, de eso no cabe duda. En cada región de este país hay una característica típica que se resume en un hablar muy dulce, como el de los andinos; en un humor tan cálido y kinestésico –que incluye abrazos, besos y cualquier otro tipo de contacto humano y se convierte en dulce- como el de los zulianos, o en la dulzura y hospitalidad de los orientales. Caracas no escapa de esa confitería humana, sólo que en la ciudad capital el fenómeno ha traspasado las barreras de lo subjetivo y ha tocado el terreno de lo físico. Dada la superpoblación que tenemos y los altos niveles de agresividad por falta de espacio, de modales y de ciudadanía, el Metro, siempre pensando en el bienestar de sus usuarios y con sus refinadas e innovadoras estrategias de soluciones, ha diseñado un plan para sacarnos la melaza, pero de verdad verdad. Lo entendí muy bien cuando enlos niveles más elevados de congestión de pasajeros, sin aire acondicionado en los vagones, una sabia voz gritó: -“Dios mío, esto es un horno”. Ese simple y decente quejido reveló el plan secreto. “Nos están deshidratando para garantizar nuestro reconocido estatus de dulces en el mundo, nos están haciendo conserva”, me dije, es igual al proceso que usan con las deliciosas frutas deshidratadas que compro siempre en la tienda naturista; nos tratan como merengue para suspiro… ¡¡¡Claaaaro!!! ¡Esa es la explicación por la cual cuando hay tanta gente el aire está apagado!, y yo tan mal intencionada creyendo que era la ejecución caprichosa de una mente sádica que gozaba asfixiando a los usuarios, o que gracias a la terrible planificación nunca le hacen mantenimiento preventivo a los equipos, o que los gerentes son tan ineptos que pasan por alto esas pequeñeces, cuando en realidad el propósito de que todo el mundo sude y sude, se desmaye, se estrese y aflore el más profundo sentimiento de frustración por no poder respirar decentemente no es otro que el de sacarle el dulce, que no es igual a sacarle la piedra. Si se hace una proyección de lo que ocurre, hay que reconocer que la idea es brillante, ya que como valor agregado existe también una solución, por ejemplo, para esos momentos en que comprar azúcar es casi como comprar dólares en el mercado negro, pues con tanto mela’o en la piel bastará con meter el dedito en la taza para endulzar el café. ¡¡¡Y que no se diga que aquí hay fuga de cerebros!!! Me encanta mi Metro.
Y hablando de talento y dulzura en Venezuela, acompaña esta entrada Melao de caña interpretada por El Sonero del Mundo, Oscar D' León
¿Para qué sirve una espalda? Esta no es una pregunta retórica. Una espalda, cualquiera, tanto en el Metro como en las camionetas de Caracas, tiene más usos que para lo que fue naturalmente diseñada. Una espalda ajena, por ejemplo, puede servir para evitar una caída cuando el chofer de la camioneta frena de repente o cuando estás a punto de desmayarte porque el vagón no tiene aire acondicionado; para recostar al bebé que se lleva cargado o los paquetes y carpetas que se llevan en la mano; sirve como método de liberación de estrés mientras te distraes contando lunares u observando tatuajes cuando la cola no avanza; como almohada si vas de pie, tan cansado, en la hora pico, y no hay un solo asiento disponible. La espalda propia sirve exactamente para lo mismo que la espalda ajena, y no hay derecho a protesta si todos estamos en las mismas circunstancias: atrapados en la cola, en manos de conductores psicópatas que nunca tomaron clases de manejo o no fueron a la sesión donde enseñaban a frenar; cansados y con sueño por el largo día de trabajo, o estresados y al borde del desmayo porque sólo respiras aire caliente. Afortunadamente siempre hay una espalda amiga, cuyo nombre ignoras o te lo inventas, pero que queriendo o no te brinda su apoyo… ¡y pensar que aún hay personas que se quejan!
En la imagen está Atlas, sosteniendo el mundo con su magnífica espalda. La imagen la tomé prestada de http://rebobinado.blogspot.com/
Qué difícil resulta caminar cuando apenas tienes espacio para respirar, y más cuando uno no camina, sino que a uno lo caminan, a juro, a empujones, a codazos, ¡a lo que sea! Esa es la realidad de la hora pico en el metro, en mi tan amado metro de mis tormentos.
Son las 7:45 am, todos necesitan llegar a tiempo a donde sea que deban ir; todos se quieren montar en el mismo vagón; los de atrás empujan y gritan; empujan y requetegritan; empujan y empujan. Quienes están más cerca de la puerta del vagón deben sostener muy bien la cartera, la carpeta, la bolsita con el almuerzo, la bolsita de tela de florcitas llena de quién sabe qué cosas que nunca se usan durante el día pero que hay que llevarlas; el morral adicional, la bolsita de las medicinas, papel tualé (en Venezuela se dice así), toalla de manos con tira bordada; la torta que hizo la abuela y que uno lleva para repartir en la oficina; la lonchera de la niña, la niña, el morral de la niña; los audífonos, los lentes y, además de eso, luchar contra las marmotas que se atraviesan en la puerta porque se van a bajar en la estación siguiente. Pero no importa, si eres caraqueño eres fuerte también, guerrero, echaopalante, multifuncional, súper elástico, mago y… bueno, te la calas porque así es el metro en la hora pico y punto, no tienes más remedio.
Pero hay cosas que uno no puede tolerar por más caraqueño que sea, ¡no señor!, por ejemplo, que a uno le echen la culpa de empujar cuando todos saben que eso siempre lo hace “el de atrás”, situación para la cual hay expresiones típicas de reclamo y respuesta (reclamo: -“¡¡¡Coooñooo, deja la empujadera, animal!!!” respuesta: - “¡¡¡ ah no mijita(o), vete en taxi – o cómprate un carro, o vete en helicóptero, etc-!!!)”. Tampoco es aceptable la falta de cortesía, o de educación como decimos aquí, cuando alguien pese a toda la revuelta de la hora pico lastima al prójimo y no se disculpa; o como en el caso que hoy me ocupa, que es cuando amablemente ofreces disculpas y el otro te responde con una grosería, creo que esa es peor que la anterior.
Hoy tuve una visión en medio del despelote típico de la mañana. Sin querer pisé a un señor y me disculpé, la verdad no quise hacerlo pero “me empujaron”, y él, lejos de aceptar mi amable disculpa, con un tono bien grosero me respondió: -“¡¡¡mañana pongo, carajo!!!” Luego de digerirlo, pensé… ¿por qué no? En realidad sería muy interesante si por cada pisotón hubiese, por lo menos, una postura de huevo. Qué plan tan bueno para sustituir a los gallineros verticales, qué gran producción tendría Venezuela, incluso para exportar, solución muy creativa para generar divisas ante un posible agotamiento del petróleo, o como donativo para calmar el hambre en los países más necesitados que el nuestro… o para aumentar los ingresos propios del sistema Metro e invertir en campañas destinadas a rescatar los buenos modales, la tolerancia, el respeto, ¡¡¡valores pues!!!, esos que dicen extrañar tanto nuestros ciudadanos pero que cada día tienen menos importancia. ¡Cuántas cosas podría hacer si mi abuelita tuviese manubrios y fuese bicicleta!
La imagen, como ven, es de la simpática gallina que está enamorada del Gallo Claudio… me encanta esa gallina y su platónico amor, tan platónico como se me hace tratar de arreglar tantas cosas que veo en la calle. La dirección de donde libremente tomé la imagen eshttp://polidiseno.wordpress.com/2007/02/27/ahmed-y-como-esta-tu-novio-patricia-onigiri-y/
En todas las culturas han existido alimentos y sustancias mágicas, incluso en la actualidad hay algunos a los cuales se les atribuyen poderes que ni la misma ciencia ha podido superar, por ejemplo los derivados del mar que alargan la vida, repotencian el espíritu y levantan el “ánimo” – todo al mismo tiempo-; los que se extraen de animales salvajes que curan desde el asma hasta el cáncer; la baba de caracol, más efectiva que cualquier cirugía plástica, entre otros aun más poderosos que se anuncian en cualquier .com y que con sólo verlos moldean la figura, lo vuelven más inteligente y hasta le salvan su matrimonio. ¡Desde que era niña siempre escuché que los guarapos curan todo! Y hasta ayer creí tener en mi memoria un registro impecable de recetas para lo que sea… hasta que el operador del metro provocó un corto circuito en el glosario de yerbas y demás cosas comestibles heredado de mi abuela…
Eran las 11 de la mañana, entré en Plaza Venezuela, dirección Palo Verde, cuando en la estación siguiente el operador dijo: -“Estación Bellas Artes”. Inmediatamente todos nos quedamos asombrados, por un momento quienes nos percatamos del error nos sentimos desorientados, comenzaron las caras de horror de aquellos que viajaban con el tiempo contado y un señor gritó: -“¿Y éste qué comió?”, a lo que otro rápidamente, con cara de Grissom agarrando un insecto en cualquier episodio de CSI, respondió: -“Ése no comió arepas… ése comió “de otra cosa”…
“¿Otra cosa?”, pensé yo… ¿qué cosa poderosa comió el operador que lo transportó dos estaciones más allá y en sentido contrario? y mientras observaba las caras de los demás, otro señor dijo: - “¡A ése lo que le dieron fue chicharrón pelúo del bueno!”. Todos soltaron, a lo venezolano, la carcajada, señal inequívoca de conocer el “alimento” y sus propiedades. En Venezuela el “chicharrón pelúo” está entre los principales platos favoritos de los comensales masculinos, obviamente de los que permanecen en las filas de la heterosexualidad; sobre él se hacen chistes, cuentos increíbles, canciones, incluso algunos humoristas viven de recrearlo en sus presentaciones… y ahora es motivo de peligro para los conductores porque causa desorientación. Los científicos, ingenieros y legisladores de esta época tendrán un trabajo interesante, deben, aparte de crear nuevas leyes de tránsito, diseñar un aparato que detecte los niveles de chicharrón en los conductores, algo parecido al alcoholímetro… y en el metro habrá que prohibirles a los operadores que lo consuman antes de ir a trabajar, pues con la cantidad de caballeros que han cambiado el chicharrón por la salchicha, seguro hay muchos casos de sobredosis… ¿será acaso esa la razón por la cual nuestro principal sistema de transporte público es un caos?
La imagen de bajé de http://images.google.co.ve/imgres?imgurl=http://www.cinestatic.com/infinitethought/uploaded_images/piggy-759268.jpg&imgrefurl=http://www.cinestatic.com/infinitethought/2008_09_01_infinitethought_a.asp&usg=__hTb8ZtW20-VoI_EqWPcaRt0AAfY=&h=408&w=300&sz=32&hl=es&start=9&um=1&tbnid=gthciglIDMHa2M:&tbnh=125&tbnw=92&prev=/images%3Fq%3Dmiss%2Bpiggy%26hl%3Des%26um%3D1